El diálogo no ocurre entre iguales

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03.07.2026

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En muchos procesos de diálogo socioambiental existe una idea implícita de igualdad. Las partes se sientan en la misma mesa, tienen derecho a intervenir y participan en un espacio común que, al menos en apariencia, funciona según reglas compartidas.

Pero en la práctica, el diálogo no ocurre entre iguales.

Y el problema no es solo que existan diferencias de poder, recursos o información. El problema es que muchos procesos se diseñan como si esas diferencias no fueran relevantes, construyendo una ficción de horizontalidad que termina afectando la calidad y la legitimidad del propio diálogo.

Porque aunque todos tengan voz, no todos llegan con las mismas condiciones para sostenerla.

La ficción de igualdad

Muchos procesos parten de una premisa implícita: que basta con convocar a los actores, compartir información y abrir un espacio de conversación para que se produzca una participación equilibrada.

Sin embargo, las condiciones de partida son profundamente distintas.

Mientras algunos actores cuentan con equipos técnicos, asesoría jurídica, tiempo dedicado y experiencia institucional para sostener procesos largos y complejos, otros deben compatibilizar su participación con el trabajo, responsabilidades familiares o comunitarias y limitaciones económicas y técnicas.

Pero las asimetrías no son solo materiales.

También son institucionales, culturales y emocionales.

Para algunos actores, el diálogo forma parte de su trabajo. Para otros, puede parecerse a una conversación sobre aspectos centrales de su territorio, su seguridad o su forma de vida.

Aun así, muchos procesos operan como si estas diferencias no afectaran la conversación.

Cómo operan realmente las asimetrías

Las asimetrías rara vez aparecen explícitamente. Inciden de manera poco visible en aspectos muy concretos del proceso.

Por ejemplo, en la forma en que se entrega la información: documentos extensos, altamente técnicos o enviados con poco tiempo para su revisión.

También aparecen en los tiempos. Reuniones extensas, agendas cargadas o procesos que se mantienen durante meses o años.

Incluso la continuidad opera de manera desigual. Para una empresa o una institución, un proceso de diálogo es una dimensión más de su operación. Para muchas comunidades, el conflicto no se “abre” y “cierra” con las reuniones: forma parte de su vida cotidiana y de una experiencia acumulada de desgaste.

Cuando la desigualdad queda incorporada en el proceso

El problema no es que existan asimetrías. En contextos complejos, son inevitables.

El problema es cuando el proceso actúa como si no existieran.

En esos casos, las diferencias iniciales terminan incidiendo de manera poco visible sobre los resultados.

Un proceso puede parecer horizontal y seguir siendo profundamente desigual.

¿Cómo evitar que el proceso profundice las asimetrías?

Diseñar considerando al actor más frágil. Los tiempos, formatos y mecanismos de participación no deberían organizarse en función de quienes tienen más capacidades disponibles.

Hacer comprensible la información. No basta con transparentar información. Es necesario traducirla, contextualizarla y generar espacios en los que pueda ser realmente comprendida y discutida.

Incorporar apoyo técnico independiente. En ciertos procesos, el acceso a la asesoría técnica puede marcar una diferencia significativa.

Diferenciar espacios de trabajo. No todas las conversaciones requieren que ocurran en la misma mesa ni bajo la misma lógica.

Reconocer explícitamente las asimetrías. Intentar ocultarlas para “cuidar” el proceso suele ser contraproducente.

No sobreprometer horizontalidad. Presentar el diálogo como un espacio en el que “todos decidirán conjuntamente”, cuando institucionalmente no es posible, genera frustración.

Vale la pena preguntarse

Para quienes diseñan o facilitan procesos

  • ¿El proceso está diseñado considerando las capacidades reales de participación de todos los actores o solo de quienes tienen mayor disponibilidad y recursos?
  • ¿Qué aspectos del diseño podrían estar reproduciendo desigualdades sin que el proceso las reconozca explícitamente?
  • ¿Estamos confundiendo la igualdad formal de participación con la capacidad real de incidencia?
  • ¿Qué actores asumen mayores costos —personales, emocionales o comunitarios— por participar?

Para quienes participan en procesos de diálogo

  • ¿Sientes que cuentas con las condiciones reales para comprender e incidir en lo que se discute?
  • ¿Qué aspectos del proceso facilitan o dificultan tu participación?
  • ¿Has dejado de insistir en ciertos temas porque el proceso no te ofrece suficientes herramientas para sostenerlos?
  • ¿El proceso reconoce explícitamente las diferencias entre los actores o actúa como si todos participaran en igualdad de condiciones?

Ideas fuerza

Un proceso puede parecer horizontal y seguir siendo profundamente desigual.

La igualdad en el diálogo no se produce porque todos tengan voz, sino porque existen condiciones reales que la sostengan e incidan en ella.

Las asimetrías no desaparecen porque el proceso decida no nombrarlas.

Diseñar el diálogo como si todos participaran en igualdad de condiciones suele terminar profundizando las diferencias iniciales.

El problema no es que existan asimetrías. El problema es construir procesos incapaces de hacerse cargo de ellas.

Un buen proceso no elimina las diferencias de poder, pero sí puede evitar que estas definan silenciosamente los resultados.

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