La desconfianza

5

PUBLICADO

22.07.2026

CATEGORÍA

Publicación

Idea central

En Chile, la desconfianza se ha convertido en un rasgo ampliamente reconocido en la relación entre la ciudadanía, las instituciones y los actores económicos. Los procesos de diálogo no ocurren fuera de ese contexto. Muchas veces comienzan precisamente ahí.

En numerosos conflictos, el problema no es únicamente la existencia de diferencias sustantivas entre los actores, sino también la dificultad para asumir que el otro actuará de manera consistente, transparente o predecible durante el proceso.

¿Qué es esta emoción?

Entendemos la desconfianza como una disposición emocional y relacional marcada por la sospecha, la necesidad de verificación y la dificultad para delegar credibilidad en otros actores o en el propio proceso.

A diferencia del miedo —que suele organizarse más en torno a amenazas respecto de algo valioso que las personas buscan proteger—, la desconfianza se relaciona principalmente con dudas sobre la consistencia, la transparencia o la confiabilidad de las acciones de los demás.

La desconfianza rara vez surge de la nada. Muchas veces se construye a partir de experiencias previas, incumplimientos, falta de información, cambios de criterio, contradicciones, asimetrías persistentes o la sensación de indefensión ante decisiones relevantes.

Pero la desconfianza no siempre es estrictamente interpersonal. En muchos conflictos también se relaciona con las memorias colectivas, las desigualdades estructurales o las percepciones históricas sobre las relaciones entre comunidades, el Estado, las empresas y el territorio.

Por eso, algunas formas de desconfianza persisten incluso cuando existe buena disposición individual entre quienes participan en una mesa.

¿Cómo aparece en los procesos de diálogo?

La desconfianza modifica profundamente la forma en que las personas interpretan lo que ocurre durante el proceso.

Cuando está muy presente, disminuye el beneficio de la duda. Situaciones ambiguas, errores menores o cambios poco claros dejan de leerse como contingencias normales y comienzan a interpretarse como posibles señales de ocultamiento, manipulación o falta de transparencia.

La conversación empieza entonces a organizarse no solo en torno al problema de fondo, sino también en torno a la credibilidad de los actores y del propio proceso.

En ese contexto, aspectos aparentemente secundarios pueden adquirir una enorme relevancia: cambios metodológicos, diferencias entre lo conversado y lo registrado, retrasos, reuniones paralelas o modificaciones menores del lenguaje.

La desconfianza también suele reducir la disposición a exponerse o asumir riesgos conversacionales. Los participantes tienden a proteger con mayor cuidado la información, evitar compromisos ambiguos, privilegiar mecanismos formales de resguardo y exigir niveles más altos de trazabilidad y verificación.

En procesos prolongados, esto muchas veces produce una hiperformalización creciente del espacio. Conversaciones que, en otros contextos, podrían avanzar con grados razonables de flexibilidad o informalidad, requieren múltiples mecanismos de registro, validación y control para sostener niveles mínimos de credibilidad.

La desconfianza no solo afecta el contenido de las conversaciones. También modifica profundamente el costo emocional, político y operativo de sostenerlas.

En facilitadores, suele expresarse como una presión permanente para sostener la legitimidad frente a actores que observan cuidadosamente cada decisión metodológica, intervención o señal de aparente desequilibrio.

¿Hacia qué tiende esta emoción?

La desconfianza suele predisponer a las personas a verificar, controlar, reducir la dependencia del otro, protegerse frente a posibles incumplimientos y minimizar la exposición.

Cuando organiza una conversación, muchas veces disminuye la disposición a asumir buena fe, a flexibilizar posiciones, a explorar acuerdos informales o a avanzar sin mecanismos explícitos de resguardo.

Eso no implica necesariamente un rechazo total al diálogo. Pero sí modifica profundamente las condiciones bajo las cuales las personas consideran legítimo avanzar.

En muchos casos, la desconfianza no elimina por completo la posibilidad de colaboración, pero sí desplaza el foco de la confianza interpersonal hacia la necesidad de construir suficiente credibilidad operativa para sostener el proceso.

¿Qué riesgos genera?

Uno de los principales riesgos de la desconfianza es que transforma el diálogo en un espacio dominado por la sospecha.

Cuando eso ocurre, incluso acciones relativamente neutras pueden interpretarse estratégicamente. La conversación deja de centrarse únicamente en resolver el problema de fondo y comienza a girar en torno a las intenciones de los actores y a la credibilidad de la información.

Eso tiene costos importantes para los procesos.

La desconfianza reduce la disposición a colaborar y obliga a dedicar enormes cantidades de tiempo, energía y atención a construir condiciones mínimas de credibilidad antes de poder avanzar sustantivamente.

Conversaciones que, en otros contextos, podrían desarrollarse de manera relativamente simple, se vuelven necesariamente más lentas, formales y complejas.

En contextos como el chileno, actuar como si la desconfianza no existiera suele predisponer al fracaso. Cuando los procesos no reconocen adecuadamente los niveles de desconfianza presentes, esta tiende a reaparecer posteriormente como bloqueo, desgaste, sospecha o ruptura del espacio.

¿Qué debería observar un facilitador?

La confianza no se decreta.

Y muchas veces intentar acelerarla artificialmente puede aumentar aún más la desconfianza.

En contextos altamente erosionados, los facilitadores suelen trabajar bajo una compleja paradoja: necesitan sostener el proceso precisamente cuando los participantes tienen dificultades para creer plenamente en él.

Eso exige comprender que, en escenarios de desconfianza, las personas no solo observan los contenidos de la conversación. También observan la coherencia, la consistencia, los tiempos, las omisiones, las decisiones metodológicas y las formas de conducción.

Por eso, muchas veces el desafío no consiste en “generar confianza” rápidamente, sino en construir suficiente credibilidad para que el proceso pueda sostenerse aun en contextos de sospecha persistente.

Eso puede requerir criterios relativamente estables de conducción, trazabilidad clara de los acuerdos, transparencia respecto de los límites y restricciones reales, coherencia entre lo que se dice y lo que efectivamente ocurre, reconocimiento oportuno de errores y mecanismos de verificación que no dependan únicamente de interpretaciones o de buena voluntad.

En muchos procesos complejos, avanzar no depende de eliminar por completo la desconfianza, sino de generar condiciones mínimas de previsibilidad y credibilidad que permitan seguir dialogando pese a ella.

Preguntas para observar la desconfianza en un proceso de diálogo

Para participantes

  • ¿Qué experiencias previas influyen en la manera en que interpreto este proceso?
  • ¿Qué señales utilizo para decidir si algo me parece creíble?
  • ¿Estoy reaccionando al comportamiento actual de los actores o también a memorias acumuladas de procesos anteriores?
  • ¿Qué riesgos percibo si reduzco demasiado rápido mis mecanismos de resguardo?
  • ¿Qué tendría que observar de forma consistente para disminuir mi necesidad permanente de verificación?

Para facilitadores

  • ¿El proceso está generando credibilidad o aumentando la sospecha?
  • ¿Qué decisiones metodológicas podrían interpretarse como falta de equilibrio o de transparencia?
  • ¿Existen niveles de ambigüedad que el espacio ya no es capaz de sostener?
  • ¿Qué aspectos requieren mayor estabilidad metodológica o trazabilidad?
  • ¿Estoy intentando producir niveles de confianza que el proceso todavía no tiene condiciones reales para sostener?
  • ¿Qué partes del proceso necesitan más credibilidad que persuasión?

Ideas fuerza

  • La desconfianza rara vez aparece desde cero.
  • Muchos procesos de diálogo comienzan en contextos previamente erosionados.
  • La confianza no se decreta.
  • La trazabilidad también es una forma de cuidado del proceso.
  • Ignorar la desconfianza no la elimina; normalmente solo la desplaza.
  • En ciertos contextos, avanzar no depende de eliminar completamente la desconfianza, sino de construir suficiente credibilidad para seguir dialogando.

COMPARTE ESTA SERIE